Australia. La aventura que no viví… ¿o sí?

He aquí un segundo post que se había «traspapelado»…

Al principio de mi estancia aquí, veía como principal inconveniente deber andar 45 minutos de ida y 45 de vuelta para poder conectarme a Internet. Os soy sincero, si hubiese tenido una conexión más cercana, ahora os estaría escribiendo desde Australia.

Debido al vértigo que sentí al llegar, estaba totalmente decidido a irme allí unos meses a trabajar de lo que fuese, llenarme el bolsillo y volverme para Barcelona. Tenía la fecha decidida y todo. Estoy más que contento de no haber comprado el billete siguiendo mi impulso.

Las dificultades logísticas me regalaron el tiempo necesario para darme la oportunidad de empezar a gozar de mi estancia aquí. Volví a sentir la ley de la naturaleza, ya que mis pensamientos sobre Australia y mi agobio por llegar al monasterio resultaron ser, como no, impermanentes. Aparecieron, tomaron fuerza y en menos de diez días se desvanecieron de nuevo.

A su vez, tomé conciencia de una pauta de comportamiento repetitiva en mi vida: hasta ahora no me había detenido nunca ante una situación adversa. Siempre reaccionaba automáticamente en el mismo instante en que ésta se producía.

He descubierto que vale la pena frenar un poco y dejar que las cosas fluyan por sí solas, aunque al principio el impulso sea actuar de alguna forma determinada. No es lo más fácil del mundo pero, de este modo, acabas tomando las decisiones de forma natural, sin precipitaciones.

Sienta de maravilla funcionar así, con una plena aceptación del ahora. El tiempo deja de ser un obstáculo. Tu siguiente paso simplemente sucede. No hace falta buscarlo, ya que harás lo que tengas que hacer en el momento que lo necesites. Así pues, ¿qué necesidad hay de planificarlo absolutamente todo?

1990

Este post se quedó en el tintero…

Jueves 20 de junio de 2013. Estamos en Hsipsaw, un pequeño pueblo del noreste de Myanmar. Tumbado en el colchón del dormitorio compartido donde voy a pasar esta noche y la de mañana, me dispongo a contaros una experiencia… ¡cojonuda! Perdón por el lenguaje, pero es que ha sido brutal.

Antes de bajarnos del autobús, ya teníamos claro que el objetivo básico en este lugar era alquilar unas bicis y recorrer los alrededores. A priori, un contra. Empezó a llover al dar la primera pedalada.

Al aterrizar en la Guest House después de 14 horas repartidas en dos buses y una espera de algo más de 2 horas y media en la estación más cutre en la que he estado hasta el momento, nos hemos pegado un duchazo y hemos salido a descubrir el pueblo bajo un sol abrasador.

Después de deleitar nuestros paladares con un plato de fideos cocinados al estilo tradicional de la etnia Shan, Cris y yo nos hemos subido en nuestras monturas y un gran nubarrón, de un gris muy oscuro, se ha apoderado del cielo. Perseguíamos encontrar una orilla accesible del río que atraviesa el pueblo para pegarnos un chapuzón. Y lo hemos logrado. Los presagios se han cumplido y ha caído un largo chaparrón.

La profundidad del río no superaba los 90 cm y el agua, de un color marrón café con leche brillante, estaba tibia. Me he sentado sobre una piedra del fondo que me permitía tener todo mi cuerpo sumergido, salvo la cabeza, obteniendo una perspectiva sensacional. Las infinitas gotas que han caído golpeaban con fuerza la superficie provocando un sinfín de diminutas pagodas líquidas. Ninguna ha aterrizado en el mismo punto. Ninguna ha sido igual que otra. Nuevamente, la ley de la impermanencia en todo su esplendor.

De vuelta a la Guest house seguía lloviendo bastante. Con mi camiseta totalmente empapada en el cesto de la bici y llevando puesto sólo el bañador, viajé en el tiempo. Si veía un charco, me abalanzaba sobré él con todas mis fuerzas para salpicar lo máximo posible. Cris rodaba unos 100 metros por delante de mí por el estrecho camino de tierra, así que no podía oir mis alaridos y risas constantes.

El decoro y «savoir faire» que siempre intento mantener brillaron por su ausencia. Allí estaba yo, ajeno al barro que salpicaba mi cuerpo, al qué dirán. Me sentí puro. Como cuando tenía 6 años. El único objetivo era conseguir abalanzarme sobre la parte más profunda de cada charco que se cruzaba en mi camino.

Experimenté una sensación que todavía recorre mi cuerpo. ¿Estuve presente? ¿Fui capaz de eliminar todos los juicios y prejuicios que subliminalmente marcan mi comportamiento? ¿Acaso importa?

Marc is Back!

Mentí. Desde el mes de marzo os dije que llegaría el día 23 a Barcelona, pero no era así. Llegué el jueves pasado. Lo hice porque quería dar una sorpresa a mis padres y presentarme en su casa sin avisar. Mi apego a su reacción ha sido el responsable. Lo tuve claro desde el principio y lo dejé existir. Me imaginé una y mil veces sus caras, abrazos, caricias y besos y, sinceramente, no me lo quería perder.

Millones de gracias a las y los que me habéis seguido en estos 10 meses y medio de viaje de descubrimiento interior. Como sabéis, no fue siempre agradable, pero escribir este blog resultó ser una gran ancla que me permitió sentirme conectado a vosotras y vosotros en los momentos de mayor soledad.

¡Estoy de vuelta y listo para mi próximo paso!

Os veo pronto.

Fins un altre post, o no. 😉

La ley de la Abundancia

Durante mi viaje con Javi, releía El Poder del Ahora. Hoy escribo, en concreto, sobre la teoría expuesta por Eckhart Tolle en referencia a la abundancia. Se trata de un principio que se cumple a diario y del que, mayoritariamente, no somos conscientes. Todo fluye. Querer, o intentar, controlarlo todo, nos paraliza. Cuanto antes lo aceptemos, antes nos liberaremos de sensaciones y emociones incómodas.

Empiezo por apuntar que somos pura energía. Electricidad y magnetismo son la base que compone nuestra estructura atómica. Por tanto, podemos deducir que vibramos a una determinada frecuencia. Esas ondas que emanan de nosotros son concordantes con algunas de las que están a nuestro alrededor. Otras, en cambio, están en otro plano y pasan totalmente desapercibidas. Así pues, atraemos aquello con lo que somos compatibles, ya sea agradable o desagradable. Las emociones que sentimos juegan un papel fundamental ya que influyen en dicha vibración.

Todo lo «bueno» y «malo» que nos sucede es, en definitiva, autogenerado. No hay fuerzas exteriores invisibles que conspiren para nuestra felicidad o infelicidad. Obtenemos aquello con lo que, de alguna manera, estamos conectados.

Como ya os conté, hace unas semanas empecé a sentir cierto miedo por saber qué pasaría con mi vida. Se coló por la puerta de atrás. No lo sentí llegar. Pero cuando tomé conciencia de él pude observarlo atentamente, aceptarlo y desapegarme por completo de esa sensación que ocupaba mi cuerpo. Sabía, y sé, que el universo proveería todo lo necesario para mi bienestar, aunque no sea inmediato. Y así ha sido.

Opté por dar una oportunidad a la abundancia que nos rodea y aceptar lo que viniera tal cual viniera. Unas circunstancias que ahora no vienen al caso, me han demostrado que todo sale naturalmente cuando no te apegas a un resultado en concreto. Ese ha sido mi último gran aprendizaje.

No defiendo que haya que ser pasivos, al contrario. Seamos activos, planifiquemos y, al final, hagamos un ejercicio de desapego del objetivo que persigamos. Aceptemos. Lo bueno será fácil, pero abracemos también el dolor, la insatisfacción o el sufrimiento cuando aparezcan. Es el mejor ejercicio para hacernos fuertes siendo débiles.

La abundancia, como decía en la introducción, está presente en nuestra vida. Cada día está ahí, es decir, se dan una serie de coincidencias que nos facilitan la vida. Pueden ser situaciones tan sencillas como tomar el carril «rápido» en un atasco, ocupar el último sitio libre en un restaurante lleno o recibir una llamada de algún ser querido.

He realizado un ejercicio cada noche desde hace un tiempo. Repaso mi día en 2 minutos en busca de situaciones de abundancia. La práctica me ha llevado a hilar fino y ¡alucinaríais con la cantidad de situaciones favorables que nos pasan por alto!

Hago mención especial a la necesidad de liberarnos de la dualidad de los juicios de bueno/malo, bonito/feo. Hay veces que perder un tren y llegar tarde a un compromiso, por ejemplo, nos da la oportunidad de vivir una experiencia positiva. El reto es, de nuevo, estar atentos y no perdernos en el sinfín de pensamientos y emociones que emanan en esas circunstancias. Llegas tarde. Sí. Acéptalo. Y vive el presente. Goza de la abundancia.

Cierra los ojos y respira

Ahí estaba yo, en el centro Dipabhavan, en el cuarto día de mi último retiro en este viaje. Tumbado en la cama con colchón de madera, podría decir que estaba haciendo balance de estos 10 meses en tierras del sudeste asiático, mientras esperaba el repicar de la campana indicando la siguiente sesión de meditación. Pero mentiría. Lo cierto es que estaba divagando, perdido entre cientos, o mejor dicho, miles de recuerdos.

Absorbido en este pasado reciente, surgió una pregunta más bien poco sorprendente. -¿Y si no vuelvo a casa?, me dije. -Total, ahora ya estoy aquí y podría tratar de volver a cambiar la fecha de mi billete y hacer durar esta experiencia unos meses más.

Aparecieron innumerables sensaciones y deseos de aventura. Me queda tanto por descubrir: Laos, Cambodia, Malasia, Indonesia, y su cultura, personas, naturaleza, centros de meditación… La sorpresa del qué pasará mañana o la no necesidad de llevar un reloj, entre muchos otros factores, eran como un flan derritiéndose en mi boca. Ante tal perspectiva, me encontré salibando con infinitos planes apareciendo en mi cabeza como por arte de magia. No me había dado cuenta y ya estaba haciendo números para ver cuántos días más podría sobrevivir aquí sin ingresos.

Nada que hacer. Nada. En absoluto. Ese ha sido el contexto de mi aprendizaje en este viaje. De esta fuente han emanado todos los aspectos vitales que he ido interiorizando. Un aburrimiento insufrible me ha llevado a la más pura y penetrante sensación de soledad, que ha sido mi mejor maestra. La aparición de mis dos granded amigos ha sido clave para evitar que mi amargura momentánea me llevase a la locura, a un camino oscuro y sin salida. Ellos han sido el regalo, el ancla a la realidad, que el universo me ha enviado para que, juntos, nos hayamos guiado y acompañado en este tortuoso camino de descubrimiento interior.

Me repito la misma pregunta ahora: -¿Y si no vuelvo a casa? Y añado: -Aquí podré recrear las mismas condiciones en las que todo sucedió, fácilmente. Se puede palpar en la cultura. Y ya no es algo desconocido para mí. En casa, es imposible. Hay mucho ruido. Mucha crisis. Mucho «tienes que» o «no deberías».

¿Lo véis? Porque yo tardé varios minutos… ¡Mi apego apareciendo a hurtadillas por la puerta de atrás! Justificaciones basadas en proyecciones a futuro me habían llevado a un mundo, para nada desconocido, de fantasías y expectativas. A esto, añado el autoengaño de pensar que volver a vivir en un monasterio por tiempo indefinido sería fácil, cuando en realidad me estremezco ante la perspectiva de deber enfrentar, de nuevo, todo lo que ya viví. ¡Me pillé!

He aprendido que este viaje no empezó el pasado 28 de enero, sinó mucho antes. El camino que estoy andando surge solo, por sí mismo, bajo mis pies. El próximo paso, Barcelona. ¿El siguiente? Ni idea.

Ahí lo tengo. El reto que tanto me apetece vivir.

Tigres y Mosquitos

Vuelvo a recurrir a los conocimientos de neurociencia de Pierre para describir una circunstancia que me parece fascinante. Se trata de la reacción de nuestro cuerpo ante las amenazas exteriores. Y las autogeneradas.

Imaginaos que un día, andando tranquilamente por cualquier calle, aparece un individuo con la mala intención de agrediros. En una sociedad en la que ya no sentimos miedo de ser atacados por depredadores en un escalón superior de la cadena alimenticia, este tipo de personas ocupan su lugar. Son los «tigres» a los que nos enfrentamos por nuestra supervivencia.

En la situación que describo, nuestro pulso se acelerará, la temperatura corporal y la segregación de adrenalina aumentarán y nuestros músculos se tensarán. Nos prepararemos, inconscientemente y sin control, para la batalla, o la fuga. Lo curioso del tema es que dicha reacción es exactamente la misma que experimentamos cuando un mosquito nos ronda por la noche.

A pesar de estar acostados y con la intención de gozar de un sueño reparador, el nivel de tensión se eleva por encima de lo normal. Ante la tesitura de su ruido molesto al acercarse a nuestros oídos y del temor a ser picados, estamos listos para desenfundar el bazooka y declararle la guerra. Nos levantamos, encendemos la luz y permanecemos atentos hasta que le vemos y podemos descargar toda nuestra ira acabando con su vida.

Pues bien, lo mismo sucede con los pensamientos. Es interesante observar cómo el mero recuerdo de una situación violenta activa ese resorte emocional y nuestro cuerpo empieza a dar señales de excitación. Si en lugar de irnos hacia atrás en el tiempo, anticipamos un conflicto, ya sea laboral, familiar o de cualquier otro tipo, las sensaciones físicas son idénticas.

En ambos casos, nuestra mente genera historias fantásticas que mantienen, o incrementan esas sensaciones corporales que he mencionado anteriormente. Las ideas se suceden y mandan un aviso al corazón para que inicie el protocolo. Éste, a su vez, retroalimenta nuestra mente. Entramos en un bucle que puede durar un buen rato. Aquí surge una pregunta, ¿es realmente necesario invertir nuestro tiempo en este estado? Creo que la respuesta es obvia.

La clave para salir de ahí se encuentra en ser capaces de encontrar ese espacio que existe entre nuestros pensamientos y nosotros mismos. Si logramos observar objetivamente dicha cadena de acontecimientos, nos desapegamos de esas sensaciones. Así de fácil. Sólo se trata de observarnos.

El primer paso es ver lo que sucede en nuestro interior. Por muy incómodo que sea, no hay que fustigarse por el hecho de que aparezca. El reto es aceptar que está allí. No lo hemos decidido, sinó que ha surgido debido a la capacidad infinita de divagación de nuestra mente. Por tanto, no somos responsables de ello.

Al realizar estos dos pasos (observar y aceptar), cortamos de raíz esa historia imaginaria y, así, nos liberamos de las sensaciones físicas desagradables. Al principio, esta libertad durará unos segundos y será relativamente fácil que volvamos a caer en ese estado. Deberemos, entonces, volver a empezar.

Con paciencia y persitencia, este proceso de desapego se convertirá en algo natural y seremos más rápidos a la hora de «pillarnos» pensando. Los intervalos de calma aumentarán sin que nos demos cuenta. Estaremos más tiempo aquí y ahora.

Todo esto es aplicable a cualquier cadena de pensamientos o emociones. No se limita a situaciones de riesgo o amenaza. Es válido cuando estamos centrados excesivamente en el pasado y experimentamos culpa, lamento, resentimiento, pena, tristeza o amargura. Lo mismo para el futuro con la inquietud, ansiedad, tensión, estrés o preocupación.

A dos ruedas

Desconozco si es por el hecho de disponer de mi propio medio de transporte o si es que ya me estoy acostumbrando a esto pero, en este viaje en moto por la provincia de Tak, la sensación de miedo que suele acompañar al «run-run» de aventura ni siquiera se ha asomado.

He pasado los días solo, perdido entre montañas y vegetación, núcleos de casas diminutos que no llegan a la categoría de pueblos, una carretera repleta de socavones y totalmente incomunicado. He estado en Bhumibol, el embalse artificial más grande del país, en Ban Tak, Mae Ramat, Tha Song Yang, el parque nacional de Mae Ngao, Mae Sariang y Noh Bo.

El primer objetivo diario ha sido encontrar alojamiento. El segundo, acceder a cualquier camino que condujese a las entrañas más profundas de esta región. He puesto a prueba mi capacidad de orientación debiendo recurrir a la posición del sol a modo de brújula, y de reloj. No quería que la oscuridad me absorbiese enmedio de la nada.

He descubierto comunidades minúsculas de agricultores donde ni siquiera había electricidad. Me he quedado anonadado en todas las cimas y valles por los que pasado. He visto nubes de algodón engullendo montañas en cuestión de minutos y un arcoiris con la más amplia gama cromática que recuerdo. No tengo palabras para describir los atardeceres… Parecía como si, de repente, todo brillase más.

Puedo contar los vehículos con los que me he cruzado con los dedos de las manos. En una Tailandia de contrastes y llena de occidentales moviéndose sin cesar, he hallado lugares en los que la vida transcurre igual desde hace varios siglos y donde he sido el único rostro pálido.

El silencio ha sido mi compañero y me ha permitido seguir con este proceso de conexión conmigo mismo que, por casualidad, empecé hace 9 meses y medio. He sentido la fuerza de la naturaleza en cada meditación y experimentado sensaciones profundas de paz interior. La cercanía de mi regreso ha despertado ciertos miedos y la soledad me ha permitido observarlos, aceptarlos y desapegarme de ellos.

Miles de retos me esperan a mi llegada y creo estar listo para experimentarlos. Dónde vivir, cómo conseguir ingresos para mi supervivencia y varios detalles más son incógnitas para las que no tengo respuesta ahora. Por primera vez en mi vida, me da igual. Confío estar presente en el momento de toma de decisiones y encontrar las mejores opciones al andar el nuevo camino que empezaré en diciembre. Todo, en su momento.

De todo lo experimentado, vuelvo a quedarme con los cientos de sonrisas que los habitantes de la zona me han regalado a mi paso. Khop khun khap Tailand! (¡Gracias Tailandia!).

Stealth (2a Parte)

En la segunda mitad del viaje, el azar nos llevó a la isla de Koh Kood. Allí pasamos 5 noches en una «guest house» increíble. El lugar era muy tranquilo, tenía sofás y hamacas, una mesa de ping pong y un propietario más que cachondo. Pasamos los días viviendo cada instante sin mirar más allá. Para nada. Preguntas como ¿qué hora es?, ¿cuántos días nos quedamos?, o ¿dónde vamos mañana? perdieron todo su sentido. No importaba.

Celebré Halloween por primera vez. Si en casa ya me parece raro que la gente se disfrace en Noviembre, aquí, ni os cuento. Fue una noche divertida que pasamos con David, Kaïla, Abdou, Sarah, Melanie, Sam y Eva, los amigos efímeros que hicimos.

Lo más destacado de esos días fue la vuelta de la fiesta. Melanie, Sarah y yo decidimos irnos juntos y compartir el paseo que nos separaba de nuestros aposentos. Nada más salir, la segunda me dijo: «Tengo un regalo para ti. ¡Mira hacia arriba!» No tengo palabras para definir la belleza y la profundidad de aquél cielo.

Andamos un rato, hasta que el último atisbo de luz del bar donde estuvimos desapareció completamente, y les dije que yo me quedaba allí. Me tumbé en medio del camino y me perdí en la inmensidad del universo. Oyendo todavía la música de fondo, me quedé completamente absorto ante tal visión.

Por unos instantes tomé conciencia de cuán insignificantemente pequeños somos. Los dolores de cabeza que llenan nuestros pensamientos a diario pierden todo su sentido al observarlos desde la perspectiva infinita de aquella noche. No puedo saber si estuve allí 5 minutos o 1 hora.

Me levanté y, con las chancletas en la mano, emprendí de nuevo el camino de vuelta a la cama. Descalzo, quería moverme sigilosamente sin perturbar la calma que inundaba la zona, fundiéndome en el momento. Estaba tan oscuro que apenas podía intuir mis pies. Oía perros ladrando en las cecanías y, poco a poco, empezó a surgir una sensación de miedo en mi interior. Miedo a ser atacado por cualquier criatura salvaje en la negrura. Miedo a tener que enfrentar una posible amenaza, yo solo, en un lugar remoto del mundo.

Por suerte, o no, me di cuenta de la reacción física de mi cuerpo en aquél preciso instante. Los latidos del corazón y mi respiración se habían acelerado, sentía cierta presión en el centro del pecho y mi temperatura corporal era más alta. Estaba alerta. Listo para empezar a correr o gritar si tal peligro se confirmaba. Imaginaba serpientes gigantes. Construí historias con final trágico en segundos.

Al observarlo, aprecié que ese efecto se había generado en mi cabeza. Era 100% irreal. Mi mente me estaba jugando una mala pasada y el cuerpo así lo reflejaba. Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Se me puso la piel de gallina. Me había percatado que por unos minutos había dejado de estar caminando en un paraíso nocturno para perdreme en el fantástico, y aterrador, mundo que yo mismo estaba construyendo en mi cabeza.

Al liberarme, volví a sentir esa misma paz que había experimentado tumbado en el suelo unos metros atrás. Me desapegué del miedo inventado. Tener esa perspectiva que se puede palpar al observar la naturaleza en estado puro, es tan de difícil de recordar como importante para soltar las emociones y sensaciones desagradables que nosotros mismos, inconscientemente, creamos.

Ahora que mi regreso se acerca, se plantean una serie de retos. Destaco, como el más considerable, el seguir siendo capaz de encontrar ese espacio entre la conciencia, o atención, y mis pensamientos. Esa perspectiva. Esa aceptación de lo que es. Tal cual. Sin juicios, ni historias autogeneradas.

Stealth (1a Parte)

Escribo desde Trat. Emprendí un viaje con Javi (al que os presenté en el post El despertar de la cucaracha) que durará algo más de 10 días. Partimos con un único objetivo: dirigirnos a la provincia de Isaan. El plan, es que no hay plan. Vamos a ciegas, en busca de ningún lugar, dejando fluir el azar. Las recomendaciones de las personas que nos vamos encontrando guían nuestros pasos.

Salimos el lunes pasado por la tarde y decidimos hacer la primera parada en Khon Kaen, ciudad que alberga una parada de autobuses que nos conectaba con todo el este del país. Traíamos un mapa de la provincia, escrito en tailandés. Indicamos la zona de playas y nos recomendaron ir a una ciudad impronunciable. Debíamos hacer escala y subirnos a un tercer autobús para llegar hasta allí.

Al aterrizar en ese punto intermedio, evidentemente, fuimos incapaces de reproducir el nombre que nos habían dicho. De hecho, ni siquiera sabíamos dónde estábamos en ese momento. Nos miramos y, casi al instante, supimos que, en realidad, no teníamos porqué ir allí. Nuestras opciones eran infinitas, o casi, así que ¿por qué tratar de ceñirnos a algo en concreto?

Después de 22 horas de trayecto, acabamos en Chanta Buri, donde seguimos con nuestras charlas interminables, sobre cómo acceder al aquí y ahora, mientras paseábamos por las caóticas calles de la ciudad o tomando una cerveza a la orilla del río. Fuimos al parque municipal, meditamos y poco más. Decidimos seguir viajando haciendo auto-stop.

Un hombre al que conocimos a nuestra llegada nos sugirió ir a Laem Sing. Y eso hicimos. Nos costó algo más de una hora, bajo un sol abrasador, encontrar nuestro transporte. El Pick-Up iba cargado con lo que parecía un ataúd blanco con decoraciones doradas. Hicimos una parada donde descargaron el artefacto, que resultó ser un altar que iba a presidir una cerimonia budista. ¿Hablamos de percepción? Ah, no. Ese tema ya lo traté.

La siguiente parada fue Chao Lao que, al igual que Laem Sing, es un destino turístico lleno de Resorts. No es una zona visitada por turistas extranjeros, por lo que todas las indicaciones eran jeroglíficos para nosotros. La tasa de ocupación hotelera es prácticamente nula en esta época, lo que nos permitió estar prácticamente a solas allá donde fuéramos. Los lugareños tienen esa genuinidad y timidez típica de los pueblos no «occidentalizados». Oímos risas, incluso carcajadas, a nuestro paso.

Hemos tardado unas 4 horas y media para llegar a Trat, a 100km de distancia aproximadamente, tras habernos montado en 8 coches distintos. ¡Qué gran idea tuvimos! Caminar bajo el sol cargados con nuestras mochilas es tedioso, pero la sensación de subirte a un coche sin saber si te han entendido exactamente es alucinante.

Para cerrar esta primera parte del viaje, quiero mencionar una frase que me marcó. La semana pasada vimos la película / documental Searching for Sugar Man. En ella, uno de los protagonistas dijo: «Los obstáculos son una gran fuente de inspiración». Si enfrentamos cada situación desagradable como un reto, la connotación negativa que les damos al juzgarlas como problemas desaparece, y podemos estar libres de emociones incómodas y ser más creativos en nuestras acciones. No es tarea fácil, pero creo que merece la pena esforzarse para convertir esta práctica en un patrón de funcionamiento habitual.

El Taller

Como algunos ya sabéis, estoy trabajando en el desarrollo de un taller de meditación que me permita compartir, con aquellos que estéis interesados, todo lo aprendido en los monasterios y retiros a los que he asistido a lo largo de este año.

Hace unas semanas, comenté mis notas con Cris. No fui consciente de cuán buena fue la idea de hacerlo hasta que vi cómo él me ayudó a darme cuenta de que el método ya estaba listo. Sin saberlo, toda la información recopilada de mis experiencias y los esquemas realizados, habían cobrado sentido. La definición de los distintos objetos de meditación, así como el orden en que me parecen más proclives de ser transmitidos, aparecieron como por arte de magia.

Apoyado en los libros que devoré en Pa’Auk Taw Ya, en las lecciones de los maestros con los que me he cruzado, y en mis propias sensaciones, el taller está listo.

La semana pasada pude poner en práctica la primera sesión con Tom y Aaron, dos americanos con los que he pasado estos días en Penang, una pareja de australianos e Ílias. El feedback fue muy positivo. Los cinco gozaron de la sesión y con sus comentarios me ayudaron a pulir detalles.

Me repuse a los nervios iniciales al tiempo que iba exponiendo en qué iba a consistir el ejercicio y todo fluyó. Consiguieron entrar en un estado de concentración y relajación profundos al combinar un par de ejercicios aprendidos en el curso de yoga y la meditación guiada, con el cuerpo como objeto.

No me habría imaginado que el primer test se desarrollaría, de una forma tan natural, ante una audiencia tan internacional y en un lugar como mi habitación del hostal Stardust. De nuevo, los escenarios que, sin querer, había ido dibujando en mi cabeza no sirvieron para nada. La realidad superó mis expectativas con creces.

En otro orden de cosas, vistas las dificultades con las que os habéis encontrado unos cuantos a la hora de dejar vuestros comentarios, he optado por cambiar el filtro anti-SPAM. Ahora no debería daros problemas. Si no fuera así, os agradeceré que me lo digáis para buscar nuevas soluciones.