La ley de la naturaleza: todo es impermanente

El título del post hace referencia al principal argumento/aprendizaje explicado por el autor del curso de meditación al que asisti, un monje budista birmano llamado Goenka. Él mismo ha desarrollado una técnica de meditación basada en la ciencia para que cada uno pueda valorar la veracidad y utilidad de la misma. El curso se basa en más de 100 horas de meditación sentados repartidas en 10 días consecutivos. Las normas son claras:

– Prohibido hablar

– Prohibido el contacto visual con los demás participantes del curso

– Prohibido leer, escribir, escuchar música, etc.

– Hombres y mujeres van por separado

– Dos comidas al día (muy buenas, por cierto), una a las 06.30 y otra a las 11.00

– Hora de levantarse: 04.00 y primera meditación a las 04.30

– Hora de acostarse: 21.30

El funcionamiento del curso era bastante sencillo. Con el objetivo de ofrecer el mismo curso en todo el mundo, nos hacían escuchar varias grabaciones del propio Goenka explicando los pasos a seguir antes de cada meditación. Por la noche, la locución duraba algo más de una hora y en ella explicaba los resultados que iríamos percibiendo a lo largo de todo el proceso y sus porqués. Es aquí donde se explicaba el carácter impermanente de todas las cosas. Todo ello liderado por un profesor, al que podíamos acudir con nuestras dudas dos veces al día, y varios asistentes.

La ley de la naturaleza se basa en que todo empieza y todo acaba. Absolutamente todo. No existe nada en todo el universo que escape a este razonamiento. Desde los virus que viven varios segundos, hasta el universo en sí mismo. Como no podía ser de otro modo, lo mismo sucede con las personas y sus emociones. Todo empieza y todo acaba. El amor, el odio, la frustración, la alegría…

Como habéis ido viendo en mis últimos posts, hago muchas referencias a la observación objetiva de mis emociones y a la supresión de los apegos. Por lo que he visto, es el primer paso para la liberación de nuestra mente y la supresión total del sufrimiento (base fundamental del Budismo). Esta teoría es fácil de entender a nivel intelectual, pero no lo es tanto a nivel experiencial.

Durante el curso, he pasado por todos y cada uno de los estados de ánimo. Los he visto aparecer, crecer y desaparecer. He descubierto grandes apegos que tengo en mi interior: mi familia, mis amigos, la proyección constante hacia el futuro, el dinero, entre muchos, muchos, otros. Mi ejercicio personal ya ha empezado. Voy a ir observándome constante y pacientemente para ir »limpiando» mi mochila emocional y conseguir ser ecuánime y presente, es decir, controlar mis emociones y no identificarme con ellas.

No sufráis, no es nada extremista. No voy a dejar de querer a mi gente, ni de buscar cumplir mis objetivos vitales. No sé explicarme mejor… así que si tenéis dudas sobre mis palabras, no dudéis en escribirme un comentario o un email. Os recomiendo  enarecidamente que realicéis este curso a todas y todos los que leáis este post. He aprendido muchísimo. Por mi parte, lo volveré a hacer seguro.

Cambiando un poco de tema y rebajando el tono solemne de los párrafos anteriores, a continuación os cuento lo más destacado que me ocurrió cada día:

Día 0. Bienvenida arácnida. Llegamos al centro a las 13.00. Fue el único día que comimos por la tarde después de que repartieran las habitaciones, muy austeras por cierto. Al abrir el baño, me encontré una araña bastante grande en el inodoro. Era peluda y con las patas abiertas debía tener el diámetro de una pelota de golf. La pude echar al día siguiente con una escoba, pero reconozco que miré dentro del inodoro todas y cada una de las veces que lo usé… Volvió. Nos asignaron los sitios en la sala principal y empezó el silencio.

Día 1. Primer largo día de meditación. Primeras 10 horas y 45 minutos sentados en el suelo. Los cojines parecían tulgentes y cómodos (debo reconocer que a los dos días empecé a sentirlos como si fueran de cemento). Todo el cuerpo me empezaba a doler, me costaba concentrarme, pero me dije a mí mismo que iría a mejor con el paso de los días. De momento sobraba la paciencia.

Día 2. Empieza el dolor verdadero. La acumulación de horas comenzaba a notarse en las rodillas y la espalda. Duele todo, y mucho. Empezaba a adaptarme a la rutina y mi paciencia seguía intacta.

Día 3. Aparecen nuevos estados de ánimo. Este es el primer día en el que perdí la paciencia (no la recuperé hasta el día 10). Apareció la ansiedad, la frustración y el miedo. El dolor seguía en aumento y cada vez hacía más calor.

Día 4. Eructo-Fest. El título de este día viene dado por una curiosidad bastante ruidosa con la que nos encontramos. Resulta que en Myanmar, no disimulan los eructos, ni los pedos. Pues bien, había una mujer en la sala que debía tirarse eructos con una frecuencia de 1 cada 2-3 minutos. Hasta ahí todo bien. Pero, ese día se debió tirar unos 45 en un solo minuto. Oí a Matt reir como un loco por lo bajo intentando cubrir su risa, ineficazmente, con una tos simulada. Al oir a Cris y Robert empezar a reir me fui de la sala. Sabía que no podría esconder una carcajada. ¡Menos mal que lo hice! Me fui directo a mi habitación. Allí empecé a llorar. Estuve yo solo riendo sin parar durante 20 minutos por lo menos. Me caían lágrimas por toda la cara. Creo que fue uno de los momentos más divertidos de toda mi vida, ¡y lo viví yo solo y en silencio! El dolor físico seguía en aumento. Por si fuera poco, empezamos a practicar »Aditana”. Esto quería decir que durante una hora, tres veces al día, debíamos permanecer inmóviles durante la meditación. ¡Qué dolor! Y ¡qué calor! Así hasta el día 9.

Día 5. El ataque del escorpión. He aquí una nueva casualidad en mis relatos… En su discurso nocturno, Goenka hizo mención de un escorpión en uno de sus ejemplos sobre el apego a la sensación de miedo. Pues bien, después de cinco minutos, vi que Matt se levantaba agitado y mirando al suelo, en silencio. Le sigueron todos los demás. Cuando bajé la vista me encontré con un enorme escorpión del tamaño de la palma de mi mano con la cola enroscada hacia arriba acercándose hacia mí. ¡Parecía prehistórico! Los asistentes del profesor, con total parsimonia, se acercaron con una escoba y un recogedor, lo »barrieron» y lo soltaron unos metros más allá. Acto seguido, rebobinaron la locución y seguimos adelante. La escena fue muy cómica, ya que de no ser por la ley del silencio, se habría montado un alboroto de escándalo. Por cierto, el dolor seguía in crescendo.

Día 6. Motivación por los suelos. Como ya os he dicho, en este curso he pasado por todos los estados de ánimo posibles. El día de peores sensaciones, sin lugar a dudas, fue el sexto. No me pude concentrar en ninguna de las meditaciones, parecía que mi capacidad empeorase día tras día. Estaba hasta las narices de verles los pies a mis amigos y demás asistentes al curso, y me moría por una buena cena.

Día 7. Empieza la cuenta atrás. Y la tortura máxima del curso. A partir de este día empecé a calcular mentalmente el porcentaje de horas del curso que llevábamos hechas y el que nos faltaba. Calculaba el diario y el global en cada pausa. Una locura, vamos.Tuve la sensación que este y los dos siguientes días se hicieron eternos. Por un segundo, y solo durante este día, tuve dudas de si sería capaz de llegar al final. No puedo decir si el dolor seguía subiendo o si ya se estabilizó en su punto máximo.

Día 8. Curación. El Día 1 me salió una afta entre el labio y los premolares inferiores. Parecía una psicosomatización por no poder hablar. Pues bien, este día dejó de doler. Las piernas, espalda y tobillos, no. El dolor punzante seguía su curso. Al llegar al final del día hice balance de mi aprovechamiento del curso. Estaba bastante satisfecho, ya que fui capaz de entender que lo que Goenka pretendía era que pasara por todos los estados de ánimo, fuera capaz de observarlos y de no identificarme con ellos. Difícil, pero parecía un buen aprendizaje y un gran punto de partida para seguir con mi desarrollo personal en mi vida »real».

Día 9. Meditación arácnida. Último día de silencio. Impaciencia máxima por terminar con esta historia. Se me hizo muy largo, pero me di cuenta de una cosa: las conclusiones del día anterior habían sido precipitadas. No porque fueran erróneas, sinó porque no estaban completas. Resulta que el penúltimo día experimenté la primera de mis meditaciones reales. Acabé la hora de Aditana de la tarde con una sonrisa de oreja a oreja. Conseguí eliminar el dolor de mi cuerpo, observándolo como una sensación más; sin identificarme con él y sin dejar que me controlase. Por la noche, fui a lavarme los dientes, miré en el inodoro y me encontré de nuevo con la araña. Decidí no echarla esta vez. Yo era el invitado en su casa y total, para lo que me quedaba allí…

Día 10. ¿Final? Alegría. Satisfacción personal. Felicidad. A las 11.00 pudimos hablar. ¡Por fin! Compartimos experiencias, hablamos de todo y muy rápido: los eructos, el escorpión, el calor, la comida, los estados de ánimo, la teoría de la naturaleza… El horario diario cambió, ya que hicimos menos horas de meditación. No sabía si nos dejarían irnos ese día. Es lo que más quería, pero todavía quedaba un día más.

Día 11. C’est fini! Nos levantamos como cada día, a las 04.00. Última audición del CD de Goenka, último desayuno y última meditación. Recogimos nuestras cosas y a las 08.30, estábamos fuera del recinto. En el grupo ya no éramos cinco, sinó seis. Mike, un profesor americano de 25 años afincado en Indonesia se unió a nosotros.

Así acabé después de los 11 días (y de algo más de un mes sin afeitarme):

Para terminar este largo post, os cuento una anécdota. Además de los pedos y los eructos, los birmanos escupen sin parar. Y no se cortan. Hacen un ruido espectacular para rascar sus gargantas. Pues bien, un vecino cercano a mi habitación se paseaba cada mañana para estirar las piernas antes de que sonara el »Gong» despertador. Alrededor de las 03.50, lanzaba un gargajo espectacular al pasar por delante de mi ventana. Así cada día… ¿Qué mejor forma de empezar el día?

Aquí nos despedimos. Aseados y listos para el siguiente paso en nuestra aventura:

Inocencia y generosidad en estado puro. The meditation team.

En primer lugar, quiero felicitar a mi madre. Hoy es su cumpleaños. Joyeux anniversaire Amparo!!! C’est la premiere fois que je suis pas la pour celebrer ton anniversaire, mais je pense a toi meme si je suis a l’autre bout du monde! Passe une tres bonne journee avec Papa et le reste de la famille. Dans huit mois je serai a la maison, et je pourrais te donner le cadeau que j’ai pour toi. Sois tranquille. Je vais bien, meme tres bien. J’espere que le proverbe que je t’ai envoye l’hors de mon dernier message t’ai touche comme il m’a touche a moi! Un tres gros bisou. Je t’aime!!

En cuanto al blog, quiero pediros disculpas por mi silencio estas ultimas semanas. En Myanmar la conexion es fatal y no he podido actualizarlo tanto como hubiera querido (escribo sin acentos, porque el teclado no me permite ponerlos). He programado un par de posts mas para estos proximos dias, no quiero agobiaros con un post eterno. Deciros que los he ido escribiendo en mi Tablet asi que habra un pequeno desfase temporal. No puedo subir fotos debido a la lentitud del de la conexion, asi que los actualizare cuando este de vuelta en Tailandia.

Ahora, voy a lo mío. Me gustaría destacar la calidad humana de los birmanos. Se nota que el país ha estado cerrado para los turistas hasta hace bien poco, ya que no tratan de venderte la moto con desprecio, buscando tan sólo el fajo de billetes que se supone que tienes en el bolsillo. No están acostumbrados a ver occidentales y eso se demuestra con cada cruce de miradas. Te observan desde la distancia y, si se produce un contacto visual, te sonríen inocentes. Les saludas y sigues tu camino. Algunos de ellos, se detienen y te preguntan de dónde vienes y cómo te llamas, movidos tan sólo por la curiosidad de ver un rostro con rasgos distintos a los suyos. En la mayoría de casos, si preguntas algo, dejan de hacer lo que estén haciendo y te ayudan y/o acompañan al lugar donde te dirijas.

Voy a presentaros a mis compañeros de viaje:

– Markus (30). Este alemán, médico de profesión, es nuestro guía en todos los temas de meditación ya que se inició en el tema hace casi 8 años. Ha reservado todos los hoteles y nos ha dirigido de una forma espectacular.

– Matt (33). Es el típico inglés cachondo a más no poder. Meditando, me río cada vez que recuerdo las chorradas que va diciendo cada día que pasa y la forma que tiene de pronunciar la palabra “shit”. Ya le he dicho que me ayudaría que no hiciera tantas bromas, pero no para.

– A Robert (37) ya le conocéis. Es húngaro y chef afincado en Inglaterra. Quizás el más serio de todos, pero también el más entusiasta.

– A Cris (33) también le conocéis. Chileno y psicólogo / actor infantil. Todo corazón, cada vez que ve a un niño en la calle le hace una gracia y si lleva consigo su mochila, le regala un globo con forma de flor o perro o…

Mi experiencia con este grupo ha sido, y está siendo, extraordinaria. Con ellos he aprendido el significado de compartir, entre otras muchísimas cosas. Compartir es, sin duda, la palabra más usada por todos. Puede que alguno de ellos se muera de sed, saque su botella y te ofrezca beber en primer lugar la mitad o más del último trago que en ella quede. No te da lo que le sobra, sinó que te ofrece una parte de todo lo que tiene. Lo mismo con la comida, la ropa, el asiento del tren…

Cuando el grupo se separe después de nuestra estancia en el Templo de Pa’Auk, tendré un nuevo reto: no identificarme con el apego hacia ellos generado en estas semanas. Deberé observar la sensación, dejarla pasar y dar el siguiente paso en mi vida con toda la atención puesta en él. Aprender a no quedarte atrapado en el pasado es difícil pero, por lo que estoy aprendiendo en este viaje, parece ser el primer paso a la felicidad permanente. La clave de todo es estar presente y no entenderlo a nivel intelectual, sinó interiorizarlo a nivel experiencial. Si te quedas atascado en el pasado, o en el futuro, no puedes gozar a fondo del presente.

Al día siguiente tomamos el tren dirección a Bago. Compartimos asiento con una pareja de alemanes y una chica holandesa. A nuestra llegada al pueblo, parecíamos nuevamente estrellas de rock. Todos se agolpaban a nuestro alrededor, se sacaban fotos con nosotros. Nos acompañaron a tomar un café a un “restaurante» con cierto olor a orín, pero sin una sola mota de polvo al fin y al cabo. De ahí, nos montamos en unas bicicletas donde nos llevaron a la parada del bus para dirigirnos a Intako. Pudimos tomar un Pick Up y recorrimos todo el trayecto sentados en el techo. La sensación de libertad fue abrumadora durante los 40 minutos que duró el viaje. Una vez llegados al pueblo, fuimos llevados al centro donde se impartía el curso de meditación de 10 días (Goenka).

Por cierto, “Hola» en birmano se dice “Minga lavá”. No os podéis imaginar la de veces que me he partido el pecho al oir a un alemán, un inglés y un húngaro repitiendo una y otra vez estas palabras a la gente local…