Empatía Neuronal

El último retiro en Dipabhavan me sirvió para atender a una charla de neurociencia ofrecida por Pierre, en la mañana del segundo día. En ella destacó el funcionamiento de un tipo de neuronas que tenemos en nuestro cerebro. Se trata de neuronas empáticas. Su función se produce sin que seamos conscientes y se basa en un efecto espejo de las emociones que nuestro/a interlocutor/a siente. Este hecho tarda fracciones de segundo en producirse, de forma automática.

En los días siguientes, sus palabras seguían resonando fuertemente en mi interior hasta que di con lo que creo es una teoría aceptable. En ciertas ocasiones, conocemos a alguien y nos cae mal de entrada. La idea es que, sin saberlo, empezamos a percibir unas emociones que no son nuestras y que nos resultan desagradables. Otorgamos una etiqueta mental a esa persona y la colocamos inconscientemente, repito, en una posición delicada. Nuestra opinión inicial condiciona totalmente cada apreciación que hagamos de su comportamiento.

Siendo conscientes de ello, podemos observar el momento justo de formular nuestros prejuicios. Al observar esas malas sensaciones y dejarlas pasar, conscientemente, es posible tomar conciencia de la reacción de nuestro cuerpo, sabiendo que no es genuinamente nuestra. Proviene del exterior. Así, nos liberamos de ellas y logramos percibir la realidad tal cual es, es decir, sin juicios de valor.

Ya comenté en posts anteriores que una de las claves en meditación es la compasión hacia uno mismo, acompañada de mucha paciencia. Dando por hecho que el 100% de las personas sobrelleva algún tipo de sufrimiento o insatisfacción, podemos extender esa compasión a niveles mucho más elevados. Prestando atención, podemos acercarnos más a su realidad sin absorberla y comunicarnos con ellas de una forma más neutra y objetiva.

Esas personas no son la rabia, la tristeza o la amargura que sienten. Esas personas son. Y punto. Pese a que haya una emoción predominante, podemos liberarlos conscientemente de la presión a la que serán sometidas en nuestro fuero interno para superar esas expectativas negativas que hemos autogenerado.

En mi caso particular, siempre he tendido a idealizar a las personas que más me importan. Por H o por B, eran mejores que yo. Al interiorizar este comportamiento, puedo eliminar el pedestal en el que las había colocado y permitirles ser imperfectas. Así, estaremos al mismo nivel. Conviviremos de igual a igual.

En otro orden de cosas, pasado mañana vuelvo a irme a Malasia a renovar mi visado de turista. No tengo la más remota idea de cuántos días me quedaré por allí antes de regresar a Tailandia. Ya os contaré.

El Reencuentro

Después de pasar las dos primeras semanas en Koh Pha Ngan compartiendo bungalow con Albert Company, asistiendo al curso de yoga y saliendo a correr por la playa con Pierre, recibí la visita de Cris. Reencontramos nuestras conversaciones eternas y los silencios. Es curioso, pero comparto el silencio con alguien muy pocas veces y, con él, sale de forma natural.

En el transcurso de este tiempo, he reaprendido un concepto que Eckhart Tolle repite en sus libros: «No hay nada que refuerce más a nuestro ego, que tener razón». La idea es clara y sencilla, o relativamente sencilla, de entender a nivel intelectual, pero, como siempre, la profundización aumenta al experimentarlo.

Una tarde, le hice un comentario a Albert acerca de su paciencia o impaciencia en una determinada situación. En el mismo instante en que las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de que le estaba juzgando a futuro. Me desdije y entonces ocurrió. En primer lugar, calificarle de una manera u otra, puede llegar a condicionarle en su toma de decisiones por un tema de empatía influido por su percepción del momento. En segundo lugar, yo me implicaba al 100%.

De confirmarse el pronóstico, mi ego, en términos de seguridad a la hora de juzgar a la gente, daría saltos de alegría y jolgorio dándome argumentos para volver a hacerlo en el futuro. En caso contrario, la situación podría llevarme a reducir la confianza en mí mismo y dar paso a la autocrítica. En cualquier caso, lo importante es que me habría involucrado directamente en una realidad que no es mía.

Tan sólo percibiendo mi juicio en el momento de emitirlo, cortó de raíz mi relación con el resultado final. De este modo, mi ego, entendido como la identificación con mis pensamientos, no sufrirá una alteración por factores externos.

Resumo la conclusión con una frase de Cris: la clave es observarse, aceptarse y trabajarse. En este caso, observar el juicio, aceptar que se produce y no calificarlo como bueno o malo, y trabajar en la búsqueda de ese espacio interno que rompe el apego a un resultado. Observar, aceptar y trabajar.

Cris y Pierre, las dos personas más influyentes y determinantes que he conocido en este viaje, han decidido asistir al retiro de Dipabahvan, en Koh Samui. He decidido seguirles. Por cierto, creo que elegir tomar la foto de nuestro reencuentro en el último momento, recién levantados y con la cara hinchada, es…

La Roca

En primer lugar, quiero aprovechar este post para felicitar a la persona que me ayudó a crear este blog por su reciente éxito profesional. Se marcha a vivir a Miami a crear un negocio que mejorará el mundo. Santi, admiro tu pasión, dedicación e insistencia para hacer de Cronnection una realidad. Muchos ánimos, amigo. Nos separarán miles de kilómetros, pero haré lo necesario para seguir cerca de ti. Tu ejemplo es una fuente de inspiración para mí, así que ¡muchas gracias!

Ahora, voy a lo mío. Como viene siendo habitual, el retiro en el centro Dipabahvan, en Koh Samui, concluyó con una interiorización de altura. Sin ni siquiera percibirlo, había generado apego a la sensación de desapego.

Varios días después de recuperarme del dengue, me di cuenta de que había perdido la rutina de sentarme a meditar y que mi capacidad de auto-observación había caído en picado. En ese momento, decidí encerrarme en un retiro de nuevo para restablecer esas costumbres que tanto bien me habían hecho. Al no obtener los resultados que esperaba en Wat Kow Tahm, me tiré de cabeza a otro retiro absolutamente convencido de que esa era la única manera de hacer desaparecer la frustración por no poder concentrarme como antes.

Tenía claro que, para poder ver la realidad tal cual es y estar totalmente presente aquí y ahora, necesitaba volver a ser capaz de llegar a la absorción en mis meditaciones. Había olvidado lo primero que aprendí: todo es impermanente. Incluso la calma y la tranquilidad mental y emocional. Me había apegado de nuevo.

Mi autoexigencia me impedía valorar la situación desde una perspectiva amplia. Debía volver a ese estado sí, o sí. Olvidé que estamos expuestos a trabas que pondrán a prueba nuestra paciencia constantemente. La ansiedad hizo su aparición sin hacer ruido, entrando despacio por la puerta de atrás. En una conversación con Pierre, lo vi claramente. Reconozco que un comentario de Jordi Batlle, en un post anterior, fue la guinda de esta experiencia.

Mi conclusión es que al alcanzar la tranquilidad, es considerablemente oportuno mantenerse atento ya que puede aparecer una «roca» en forma de mala noticia, crítica u otra circunstancia negativa, que nos desestabilice. La clave para trascender estos momentos pasa por la aceptación. Aceptar que la tristeza, la rabia, la melancolía y el anhelo, entre muchísimos otros estados de ánimo, forman parte de nuestras vidas. No hay que forzarse a no juzgar o no estar enfadado. Sólo hay que tomar conciencia de ello. En ese instante, es cuando aparecerá la calma verdadera.

Escribo desde la isla de Koh Pha Ngan. Después del segundo retiro, decidí volver para apuntarme a un curso de yoga que dura un mes. He pasado siete meses focalizado en mi desarrollo mental y emocional. Ahora me apetece compaginarlo con deporte y vida sana. A continuación os paso unas fotos de la isla y del bungalow donde estoy instalado:

Objetividad, ¿realidad o quimera?

Quiero empezar este post diciendo: Felicitats pare!!! Espero que passis un gran dia i que ho celebris avui amb l’Amparo i que, ben aviat, ho facis juntament amb el del Luis (moltes felicitats per endavant, cunyat!!) a casa el Franc i la Lola amb la resta de la family.

Demà farà 7 mesos que vaig marxar de casa i tot aquest temps m’ha servit per adonar-me de la importància del teu rol a la meva vida. T’agraeixo de tot cor l’esforç, sacrifici i generositat que m’has donat sempre sense esperar res a canvi. Admiro el que has aconseguit construir, tot i les dificultats que han anat apareixent al llarg del camí. T’estimo.

Después de esta declaración de amor de un hijo a su padre, vuelvo al tema de este post, que hace referencia a una reflexión que lleva varias semanas rondándome la cabeza. De hecho, hice un breve comentario en Habla-cadabra (el blog de Txiqui), acerca del tema, en una de sus entradas.

En el retiro en Wat Kow Tahm, me sentaba detrás de Justus en el Meditation Hall. Este americano es rubio, tiene el pelo rizado y largo, luce una barba larga no excesivamente tupida y solía llevar una sudadera negra por las mañanas para protegerse de los mosquitos. Visto de medio perfil, desde atrás, es idéntico a un amigo mío, al que llamaré Jordi. Pese a ser todavía más bajito que él, más joven y bastante más musculado, al mirarlo, era incapaz de ver a Justus. Sólo podía ver a Jordi.

Pasé varios momentos totalmente fascinado por mi percepción tan errónea de la realidad. Sabía que el tipo al que miraba era un completo desconocido con el que probablemente tan sólo compartiría una semana de mi vida, ¡en silencio! Visto de cara, el parecido era nulo. Para más inri, unos días atrás, Jordi me dijo que se encontraba en Costa Rica, en el otro lado, literalmente, del mundo.

¿Cómo podía ser que aún teniendo la certeza de que era Justus el que se sentaba ahí, no pudiese verlo? ¿Qué le pasa a mi percepción? Está claro que mi mente recurre a recuerdos antiguos almacenados en la base de datos de mi memoria para definir situaciones e imágenes. Sé que no veo la realidad, que estoy siempre condicionado. Aunque no me guste, entiendo que el proceso de conceptualización mental suceda así. No hay más.

Siendo consciente de que este fenómeno existe, estaba seguro de poder deshacerme de esas ilusiones y contemplar todo lo que me rodea tal cual es. Ahora, lo que me hace humear el cerebro es pensar porqué, aún sabiendo la realidad, soy incapaz de verla.

Yendo un poco más allá. Si esto me pasa en un período de mi vida en que estoy de vacaciones, poco me importa, pero ¿qué pasa en un contexto menos propicio? ¿Cuántas veces he percibido y entendido fantasías como si fuesen realidades? ¿Cómo de lejos estoy de la verdad?

Me encuentro desnudo, impotente, ante esta situación. Pensaba que consiguiendo un grado de observación profundo y exhaustivo sería suficiente para saber cuándo mis sentidos me engañan, pero acabo de descubrir que no es así. No digo que observarse interiormente no sea muy útil para aprender a desapegarse, pero está claro que no es suficiente para eliminar los filtros con los que percibimos el universo de nuestras vidas.

¿Qué pasa cuando esta percepción es menos evidente? Si en lugar de confundir a un amigo en el cuerpo de otro, ¿qué sucede si mi vida depende de una decisión que será tomada desde un prisma tan distante de la realidad?

Repito. Objetividad, ¿realidad o quimera?

Wat Kow Tahm

He aquí un breve resumen de mi retiro en Ko Pa Ngan, la isla más fiestera de Tailandia. Jamás habría pensado que iría a buscar la calma y el silencio en un lugar como este.

Día 0. Bienvenida arácnida (II). Segundo retiro y segundo saludo a ocho patas en el baño comunitario. Hay más. No fue una, sino dos arañas las que dieron comienzo a mi semana. Ambas dejaban en ridículo, en lo que a tamaño se refiere, a la que me encontré en el centro donde hice el retiro de Goenka.

Día 1. Viejas sensaciones. Vuelta a los madrugones, a las siete sentadas diarias (de tan sólo 45 minutos cada una) y a los 8 preceptos. No cuesta nada. Descubro que la comida será espectacular durante todo el retiro. Me siento tranquilo y relajado.

Día 2. Amputación. 11.45 de la mañana. Después de comer me dirijo a mi siesta diaria, previo paso por el baño. Al entrar y querer cerrar la puerta tras de mí, observo que algo lo impide. Lo intento con más fuerza y oigo un ruido, parece un desgarro. Noto que algo cae del techo, así que dirijo mi mirada hacia arriba. Un Gecko verde y con infinitos topos rojos de más de un palmo de longitud acaba de ver como su cola le ha sido arrancada traumáticamente.

Día 3. Primer pedo. Tan sólo 9 personas acudimos a este retiro. Todos nosotros occidentales. Qué casualidad que el primer día que se une a la meditación la propietaria tailandesa del centro se oiga la primera ventosidad.

Día 4. Primer eructo. Esta vez, la propietaria no estaba.

Días 5 y 6. Ça suit son cours. Rutina y poco a destacar. El dolor en las rodillas empieza a aparecer, pero ya queda poco para terminar así que se hace relativamente fácil de llevar.

Día 7. Colores en la penumbra. Me levanto en plena noche para ir al baño. Al encender la luz, noto que algo se mueve. Dirijo mis ojos todavía entrecerrados hacia el interruptor y descubro una serpiente muy colorida, fina como un boli Bic y de más de un metro de longitud enroscándose en él. Un escalofrío muy intenso recorre mi espina dorsal. Ahogo un grito. Me doy cuenta de que tengo dos opciones. Elijo el bosque.

Día 8. Fin del silencio. Se acabó este retiro. Decido irme con Pierre, el canadiense al que conocí en Pa’Auk Taw Ya, a otro retiro de una semana a Ko Samui, la isla vecina. Estaré aquí del 20 al 27. En este caso, el programa diario es todavía más relajado y el entorno aún más bonito.

Para finalizar, me gustaría destacar el nombre de tres de los asistentes. Éramos 5 hombres y me parece curioso que tres de ellos tengan nombres tan singulares.
– El primero se llamaba Ílias. Al presentarse, mi mente me llevó a Sparta y me lo imaginé como un guerrero fornido, barbudo, con el pecho descubierto y cargando un escudo, una lanza y una espada.
– El segundo era Justus. Esta vez, me fui a la antigua Roma y lo visualicé tumbado, vistiendo una túnica blanca y con un gran barrigón, engullendo un racimo de uva.
– El último se llamaba Mark. Es granjero de profesión.

El día del recordatorio sureño

Bastó una noche en el monasterio Suann Mokh para asomarme de nuevo al abismo de la soledad. Una sola noche en la que tuve una cura de humildad forzada. Temblé. Aparecieron mil dudas en mi cabeza. ¿No había sido ya capaz de trascender estas sensaciones? ¿La comodidad en la que mi cuerpo se había establecido estas últimas semanas, no era real? Podía percibir como mi mente volvía a transportarme a lugares inhóspitos y de lo más incómodos.

Saber que iba a pasar la noche en un dormitorio compartido a solas, me hizo añorar una presencia extraña. Quería tener a alguien ahí, que me liberase de esa sensación tan desoladora. Durante un rato anhelé silenciosamente a un compañero de suelo sin cara, ni voz, ni oídos. Tan sólo necesitaba un trozo de carne que llenase un saco de dormir, un bulto que me engañase y me hiciese sentir acompañado.

¿Por qué sufro?, ¿dónde está el origen físico de este nudo en el estómago?, me pregunté. ¿Será posible que teniendo todo lo necesario para vivir aquí me controle una sensación tan desagradable? Estaba bajo un techo, tenía comida y agua, me marchaba a la mañana siguiente y, además, ¡elegí yo mismo venir hasta aquí! ¿Qué miedos podían aparecer en ese escenario?

Sin pensarlo, volví a coger mi cuaderno. Aquél gran amigo que tanto tiempo había pasado conmigo en Pa’Auk Taw Ya volvió a darme las respuestas. Releyendo los aprendizajes sacados de los libros que leí y mis notas de cómo me encontraba entonces, recordé que el proceso que empecé entre 900 monjes, no tiene fin.

He aquí nuestra mente. Ella sola decide poner en la pantalla viejos recuerdos y situaciones futuras desfavorables en cualquier momento. No cuenta con nuestra opinión, para nada. El miedo y la sensación de soledad que sentí eran una ilusión. Sin más. No hace falta argumentar los porqués, eso sería anclarse en el pasado. Simplemente, es. Ha sido así desde que tengo uso de razón. La clave, como he dicho varias veces, está en tomar conciencia de este funcionamiento. Así, te liberas del apego a esos estados «imaginarios».

Me he dado cuenta de que no basta con llegar a vislumbrar el presente en momentos de calma emocional. Es necesario persistir en el esfuerzo de observación interna para seguir vaciando el contenido inservible de nuestras mentes, constantemente. Aunque parezca que todo está bajo control. Creo que así, y solo así, podremos ser capaces de vislumbrar lo que sucede dentro de nosotros en cuanto aparezca una roca en forma de pensamientos, emociones y sensaciones más intensos, no identificarnos con ellos y aposentarnos aquí y ahora definitivamente.

Por cierto, ha habido cambios. No me he ido de retiro. Mi idea para el martes día 30, era hacer un «visa run» a primera hora, es decir, cruzar la frontera a Myanmar situada a unos 12km de Mae Sot para extender mi visado de turista 14 días, y después dirigirme a la estación de autobuses para emprender el camino hacia el centro de meditación. Las inundaciones provocaron el cierre de la frontera.

Me encontré con una situación totalmente distinta a lo previsto. Mi visa caducaba el 3 de agosto, así que sabía no me aceptarían en el retiro, que terminaba el día 11. Era prioritario salir del país. Decidí irme hacia el sur igualmente. Pasaría por Suann Mokh para evaluar el terreno y decidir si era un lugar en el que pasar un tiempo después de renovar el visado. Si no hay cambios de última hora, no volveré. Estoy en Malasia.

El despertar de la cucaracha

Es momento de moverse de nuevo. Después de casi un mes entre Mae Sot y el hospital de Bangkok, vuelvo a subirme a un tren. Mi próximo destino está en un centro de meditación a unas 20 horas de aquí, cerca de Chaiya, al sur del país. Me voy a quedar los próximos 12 días allí. Una hora y media de yoga cada mañana y 3,5 horas de meditación sentado y otras tantas andando, convierten este retiro en el más relajado que habré realizado hasta la fecha.

Vuelvo a enfrentarme a varios días de silencio e introspección en los que seguir con el proceso iniciado varios meses atrás. Parto con el objetivo de afianzar el desarrollo del vaciado de mi mente, la toma de conciencia del momento presente y la interiorización de la ley de la impermanencia y el principio de abundancia. Vuelven los 8 preceptos (los podéis recordar pinchando aquí).

Cris se marchó a Laos el miércoles pasado así que vuelvo a viajar solo. Nos dijimos adiós con un abrazo y un ‘Gracias, amigo’. Cero apego. No apareció la nostalgia después de compartir los últimos cinco meses con él. Reconozco que es liberador experimentar las despedidas de este modo. Al no centrar la atención en el pasado, no emergen la melancolía o la tristeza, solo surgen la satisfacción y la aceptación de lo vivido, y las ganas de ser el siguiente momento. A diferencia del resto del Meditation Team, con él tengo la impresión de que nuestros pasos volverán a coincidir. A ver qué tiene que decir de esto el azar…

Pese a ser una sensación mucho más leve que la que experimenté en febrero después de despedirme de Albert Company a nuestro regreso de Laos, en ciertos momentos, siento algo de vértigo por volver a andar solo. El punto positivo es que la observación de esa sensación hace que desaparezca por completo y, por tanto, mi identificación con ella. La independencia emocional, el saber estar a gusto conmigo mismo sin depender de otros, crece día tras día.

Abandono Mae Sot en el inicio de la estación de lluvias y con un exitoso workshop, con los estudiantes de Hong Kong y algún que otro voluntario más, finalizado. Han bastado 5 días para provocar inundaciones, hasta tal punto que hoy el agua llegaba hasta la cintura en algunos puntos. Es más que divertido moverte en moto en estas circunstancias. Las largas conversaciones que he mantenido con Javi han sido el perfecto colofón para este mes de julio. En la moto, él es quien conduce:

Por cierto, el título del post hace referencia a una situación que viví unas noches atrás. Tumbado en la cama, con una oscuridad prácticamente total y el sonido de la lluvia de fondo me desperté por un cosquilleo en la cara. Resultó ser una cucaracha del tamaño de mi dedo índice paseándose libremente por encima mío. Mi reacción fue muy distinta a la que tuve en Ayutthaya y que os conté en el post The Magic Bus (Segunda parte). La agarré con cuidado y la tiré a los pies de la cama, debió chocar con la mosquitera y quedarse merodeando por allí. Volví a dormir ajeno a cuál fue su recorrido a partir de ese momento.

Una visita esperada

El pasado 26 de junio, mis padres aterrizaron en el aeropuerto internacional de Bangkok. Hacía bastantes semanas que sabía de su llegada y debo reconocer que me apetecía mucho compartir un trocito de este viaje con ellos. Pasamos un par de días en Bangkok y otros tantos en Chiang Mai.

Mantuvimos largas charlas en las que nos pusimos al día de todo lo acontecido desde mi marcha, compartimos cariño y risas, nos perdimos en la zona menos glamurosa de la capital y acabamos separándonos cuando se fueron a «mochilear» unos días a Laos. No sé si es por el tiempo que llevo en Asia o por mi experiencia en el monasterio, pero el caso es que me pareció que hablaban muy rápido y muy fuerte.

Me gustaría destacar una situación por encima del resto. En el taxi de camino a la estación de autobuses de Mo Chit, en Bangkok, nos quedamos atrapados en el mayor de los atascos. El coche no se movió ni un centímetro durante más de media hora. Esto provocó una situación de elevada ansiedad en ellos y también en mí. El miedo a perder el autobús parecía indicar el fin del mundo.

Resultó ser un ejercicio interesante, pues era la primera vez que podía poner en práctica lo aprendido con personas de mi entorno más íntimo. Oir sus risas nerviosas en el asiento posterior y los intentos vanos de mi padre por fingir tranquilidad y seguridad de que llegaríamos con tiempo no hacían más que incrementar mi incomodidad.

Pude observar como, de nuevo, mis mecanismos automáticos de respuesta se activaban y me convertían en totalmente reactivo a lo que sentía en mi interior. Durante unos instantes me identifiqué tanto con esa sensación que perdí el mundo de vista. Me retorcía en mi asiento como si estuviese esperando un fatal desenlace.

Por suerte, en un momento dado, apareció un ápice de lucidez, me distancié de la emoción que me había invadido completamente y la observé. Me deshice de ella y pude volverme más útil para transmitirles la calma que, creo, necesitaban en ese momento.

El resultado es que nos sobraron algo más de 20 minutos. He aquí una muestra de cuánto daño puede hacernos la anticipación. Los tres sentimos una sensación tan irritante como es la ansiedad durante un buen rato, porque nos proyectamos en una situación que al final no pasó. ¡Qué cantidad de energía y tiempo malgastamos!

Dejarse llevar por este tipo de situaciones no aporta nada positivo. En absoluto. ¿Cuál habría sido el peor escenario? ¿Perder el autobús y tener que buscar una solución alternativa? Menudo problema… Esta experiencia volvió a servirme de ejemplo para ver cuán rematadamente enfocados al futuro estamos. Qué innecesario resulta preocuparse por banalidades de este calibre…

3501

Quiero aprovechar este post para pediros disculpas por mi silencio estos últimos días. Hace un par de semanas contraje dengue y me pasé 8 días ingresado en la habitación 3501 del Hospital Samitivej de Bangkok.

5 días a 40 de fiebre, dolor muscular en todo el cuerpo, diarreas leves, una sensación de cansancio extremo y la ausencia total de apetito me han impedido escribir como venía siendo habitual.

Tuve la gran suerte de ponerme enfermo el día que fui a Bangkok a despedirme de mis padres. Tenerlos a ellos y un estupendo seguro de viaje ha facilitado en gran medida mi recuperación.

Acudí a uno de los más exclusivos hospitales de la capital donde me han tratado de forma excelente. Me hacían controles de tensión y temperatura cada dos horas así como análisis de sangre diarios y tenía una habitación 5 estrellas para mí solo. No saqué demasiadas fotos, pero aquí os paso una con el manjar japonés de mi penúltimo día:

Ya casi recuperado del todo, aprovecho para ponerme al día con el blog y retomar el trabajo que empecé el pasado miércoles 4 de julio como coordinador de un Workshop que Agora Architects ha montado para estudiantes de la Universidad de Hong Kong. Es espectacular poder participar en el proceso de construcción de una escuela de adobe para 300 niños y niñas de la etnia Karen. Aquí os paso el enlace de esta pequeña/gran empresa.

Receta Errónea…

En varios posts os animaba a que tratárais de dejar de pensar y centrárais toda la atención en las actividades menos extraordinarias de vuestro día a día. Una vez fuera del monasterio y de vuelta a la vida social, lo he puesto en práctica y he llegado a la conclusión que dejar de pensar conscientemente es prácticamente imposible.

Basé mis recomendaciones en lo que había entendido intelectualmente al leer los libros que colgué en el post Uno de libros. No lo había interiorizado a un nivel experiencial. Además, en la calma monástica era relativamente fácil hacerlo, porque el número de distracciones a las que me enfrentaba a diario tendía a cero. Fuera, es absolutamente distinto.

He aprendido que la atención al momento presente surge como consecuencia de vaciarte por dentro. Esto se consigue observando todos tus pensamientos, sensaciones y emociones, no forzándote a poner tu atención en una tarea o acción determinada. Así no logras que suceda de una forma natural. Y es agotador.

Creo que la clave para conseguirlo, es pararse y aprender a centrar toda nuestra atención en lo que pasa en nuestro ser, es decir, contemplar el ruido mental y emocional. Al hacerlo, dejas de involucrarte en el estado de ánimo que tu mente provoca. En definitiva, no te dejas absorber por pensamientos repetitivos o patrones de funcionamiento habituales en ti.

El ejercicio que más me funciona, es sentarme 30 minutos al día sin hacer nada. Nada de nada. Aparto todas las distracciones por un rato y contemplo el surgir y desaparecer de dichos pensamientos, sensaciones y emociones. Me doy cuenta de su impermanencia y eso me traslada a un estado de profunda paz y tranquilidad.

Una vez dejas ir el apego, tu identificación con la mente, ves que no hay nada dentro de ti, que solo son ilusiones y que, por tanto, solo te queda un lugar y un momento en el que fijarte, de forma natural: el aquí y ahora.